relatos guiomar52

Presupuesto

Estuvo mirándolos largo rato.

–   Tal vez el color violeta es un poco chillón- pensó-.

Alo mejor no me van tan bien como me había parecido en un principio. No sé. De
todas formas tampoco están mal. Un poco caros.

De  un tiempo a esta parte casi todo le parecía caro. Antes no lo pensaba. Pero ahora, ahora
sí. Tenía ganas de comprarse cosas. Estaba cansada de escatimar y escatimar y
que ello no sirviera para nada. Su vida lenta, gris, sin cambios. Siempre
igual. El piso alquilado; el trabajo precario que casi no alcanzaba. Deseaba
cambiar. Por eso lanzó una mirada de incursión hacia el escaparate. Lanzó la
ojeada de un soldado que sale de entre la maleza, rápida, firme, escrutándolo
todo, analizando el terreno a una velocidad vertiginosa para atravesar el llano
sin ser visto, sin ser interceptado por el enemigo.

–  Sí desde luego. son esos- reflexionó- justo los que me
van. Los que necesito.

Y se miró. Repasó el abrigo que llevaba
puesto. El mismo que había descolgado del perchero del hall al tiempo que abrió
la puerta para salir de casa; el abrigo; su abrigo. El único abrigo que tenía.

– Seguro- se dijo- me pegan. El abrigo está un poco ajado pero todavía de buen ver. No cabe
duda que le van que ni al pelo.

Volvió la vista hacia el escaparate. En la
parte superior lucían una hebilla plateada. Pensó que tal vez fuera algo grande
o demasiado moderna, pero no obstante le daban un toque.

–   Se pasarán de moda – siguió pensando- Igual mejor otro
modelo más clásico, de menos diseño. Me harán mejor papel con todo. Los podré
llevar más tiempo. Sí mejor algo que no pase de moda.

Reconoció el escaparate en una segunda maniobra de inspección. No veía nada, al menos nada
que le atrajera tanto. Comenzó a caminar hacia delante, andando despacio, con
las manos en los bolsillos y la cabeza todavía en el escaparate. El modelo le
relucía en la mente, le brillaba en el pensamiento. Al volver la esquina se
topó con Mari, su vecina del tercero.

–  Hola  Loli – le dijo Mari- ¿Qué pensativa?

–   Hola- le respondió- vengo de verlos.

–   ¿Y qué?

–  Divinos. Pero aún no me he decidido.

–   ¿Y eso?

–   Algo caros.

–   Ya me imagino. ¡Ha subido tanto todo!

–  Sí está todo por las nubes.

–  Una pena Loli que no te los cojas. Te iban bien.

–  Si, ¿Tú crees? ¿Con qué?

–  Con el abrigo, digo.

–  ¿Verdad? Pero me salgo del presupuesto.

–  No es que no me llegue.

–  Ya.

– ¡Es que está todo!

– Ya.

– Bueno Mari, me voy que tengo prisa.

– Adiós Loli.

– Adiós Mari.

Volvió a meter las manos en los bolsillos del abrigo. Con los dedos rozaba tres monedas de
euro que bailaban apaciblemente entre ellos. Se le iba la cabeza. Solo pensaba
en el escaparate. En el cristal; en su nariz pegada a él. En el contenido de
este. Apartaba de sí el pensamiento y al segundo volvía de nuevo. Era una idea
recurrente. No podía dejarla salir de ella aunque quisiera. Los veía, los
soñaba, los imaginaba, se subía en ellos, danzaba girando, dando vueltas
haciendo volar el abrigo como si de un vestido de seda se tratara. Tropezó, no
se dio cuenta como y al posar las manos en el suelo para no darse de narices la
vio. Era cartera marrón de piel. Un monedero de caballero. Un billetero nuevo.
Actuó deprisa girando la cabeza a ambos lados para cerciorarse de que no había
nadie. De que nadie la veía. Y amarró la cartera para meterla rápidamente en el
bolsillo sin ser vista. Del otro bolsillo sacó las llaves. Abrió el portal y se
metió dentro. Tocó la cartera. Quería sacarla, ver el contenido. La sacó un
poco y la miró volviéndola a meter en seguida.

– Una buena cartera- pensó.

Le latía el corazónSí, le latía cada vez más fuerte. Por entre los cristales del portal vio acercase
la sombra de Mari hacia la puerta.

–  Hola Loli.

– Hola Mari.
– ¿Todavía aquí?

– Ya ves, Mari. Cogiendo el correo.

– Ya.

– Creo, bueno, estoy pensando que voy a cogerlos.

– Ya.

– Me van.

– Ya.

– Un poco caros, pero haré el esfuerzo.

– Ya.

– Adiós Mari.

– Adiós Loli.

Salió a la calle. Metió las manos en los bolsillos. Tocaba la cartera. La notaba; la
sentía, la rozaba. Sudaba. Un sudor frío que ascendía por todo su cuerpo y se
evaporaba. La acariciaba. Su mano, su piel, contra la tersa piel de la cartera.

Se plantó frente
al escaparate. No pensó. No reflexionó. Entró. Los pidió. Se los sacaron. Se
los probó.

–  Sí estos. Estos. No me importa el precio. Un capricho. -Le dijo al dependiente.

Este no respondió. Sonrió con una sonrisa aprendida, forzada.

Ella metió la mano en el bolsillo. Se cercioró. Seguía allí. La cartera no se había movido.
Le pasó las yemas de los dedos suavemente.

– Métame los viejos en la caja- dijo al tiempo- Me los
llevo puestos.

Se dirigió a la caja tras el dependiente. Este marcó el precio. Ella miró los zapatos. Lucían
espléndidos en sus pies. La hebilla plateada destacaba sobre el violeta
resaltándolo.

– ¿Con tarjeta? – comentó cortésmente el dependiente.

– No, en metálico.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera. La abrió. Miró en cada uno de los departamentos.

– ¡Vacía!- pensó para si alarmada.

Esbozó una sonrisa hacia el dependiente.

– Lo siento- le dijo- lo he pensado mejor. Creo que no me
los llevo.

Se quitó los zapatos y los puso en el mostrador. Abrió la caja y sacó los viejos. Se los
calzó y salió precipitadamente de la tienda. Al volver la esquina la cartera se
deslizó. La sintió caer pero no quiso volverse. Siguió caminando deprisa hacia
el portal. Al llegar salía Mari.

– Hola Mari- le dijo.

– Hola Loli ¿Los has cogido?

– No, me los probé pero puestos no me iban bien.

– Ya.

– Creo que miraré en otro sitio.

– Ya.

– Seguro que encuentro lo que quiero.

– Ya.

– Adiós Mari.

– Adiós Loli.

 

 

 

 

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