relatos guiomar52

Otra ciudad

 

 

Desde su cama no ve la ciudad entera, ni siquiera un trozo. Ve unas hojas pequeñas de la rama de un árbol. Las hojas del chopo del jardín comunitario. Unas hojas que todavía no saben que es otoño.

Le gusta tumbarse boca arriba y mirarlas. Observar cómo se mueven, como se agitan tras la ventana movidas por un leve vientecillo todavía caluroso para la época del año.

Tras los barrotes de las ventanas de su piso bajo solo ve esa rama y un trozo de cielo generalmente azul pardo.

Es un piso de una urbanización de las afueras de la ciudad que hoy habita y a la que llegó huyendo de la nada. De una nada ya marchita y envejecida de tanto estar dentro de ella. Su nada, ya cansada, está llena de vacío que fue creciendo silenciosamente, quedamente y de forma imperceptible al menos para sus oídos.

 

Se tumba en la cama y viaja a través de la ventana, viaja lejos; tan lejos como su mente puede llegar. Atraviesa ríos, montañas y recorre países sobrevolando el mapa hasta llegara a su país. Al país del que no recuerda apenas nada, salvo imágenes ya desdibujadas por tanto pasar sus manos sobre ellas, gastadas, opacas  tras la niebla  de su ciudad natal. Los recuerdos entonces se superponen, se revuelven unos con otros sin dejar los datos de cuál fue el primero.

 

Nieve blanca, frío, una habitación de paredes desconchadas y la mujer muerta sobre la cama. Un rio de sangre que al principio fue un hilo, forma un charco en el suelo que se esconde bajo la cama para que la niña pequeña no lo vea. Y las vecinas hablan susurrantes. Y dos hombres con bata blanca se llevan el cadáver. Una mujer restriega la sangre seca de rodillas. Ya no hay nada. Ni la madre muerta sobre la cama. Ni las mujeres rezando. Por la rendija de la ventana que no cierra se ha marchado todo. Solo hace mucho frío.

 

La niña da la mano a no sabe quién. Tiene seis años. Tras los muros altos una casa. Fuera de ellos el vasto campo, escarcha y después nieve helada. Dos años vive la niña en ese hospicio.

 

La niña da la mano a no sabe quién. Tiene ocho años Es una mano blanca de una mujer que habla una lengua que la niña no comprende. El hombre lleva sombrero. Un hombre de cara roja con sombrero.

– Estos son tus padres- le dijo la funcionaria cuidadora.

La niña asintió. Dejó allí su cuerpo para siempre y voló por primera vez hacia su casa, entró por la rendija abierta de la ventana pero su madre  no estaba. Hasta el olor se había marchado.

El coche recorrió las calles de San Petersburgo hacia el aeropuerto dejando atrás la ciudad.

A la orilla del río Neva un mendigó bebía una botella de Vodka.

 

 

 

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2 comentarios sobre “Otra ciudad

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