relatos guiomar52

Cuento de Navidad

Un viejo cuento de Navidad rescatado de mi tambien viejo baul. Un cuento siempre actual y más en los tiempos que corren. Un homenaje a todos los “Fran” del mundo que no viven su sueño en Navidad. Para los que nunca es Navidad. Os deseo lo mejor para el Nuevo Año.

 

 

 

Fran estaba harto, harto de esperar a que viniera su madre. Se había quedado en casa de su abuela mientras ella el Día de Nochebuena salía “un rato”.

–   Y para que esperar- pensó- si ya lleva tres días sin aparecer.

 

Fran no recordaba a sus once años, una dulce Navidad . En realidad ni siquiera sabía cómo era una verdadera Navidad a no ser por los anuncios de la tele y las luces de la calle y los adornos de los escaparates.. Y tampoco tenía  claro que eso fuera verdad. Se agarraba sus malos ratos, otro de sus “mosqueos” que decía su madre pasándose la manga del jersey por lo nariz y sorbiendo no se sabía que.. Siempre iban a casa de su abuela a cenar y luego  su madre con eso de salir un rato. Todos, hasta la tía Bel sabían que ese rato se convertiría en una, dos, tres días si no le daba por empalmar hasta fin de año o después de Reyes. Y es que todos lo sabían a pesar de que la tía Bel juraba  a la abuela que la madre de Fran se había desenganchado.

–  Como si eso fuera tan fácil- pensaba Fran- de sobra se yo por “el Chato” como van esas cosas. Qué a él ya se le ha muerto de eso su padre.

 

El chato era un chaval del barrio de Fran; bueno del barrio de la abuela de Fran, porque Fran pasaba la mayor parte de su vida en casa de la abuela. El chato tenía un pelo pelirrojo cortado casi al cero con una maquinilla de rapar de esas que venden en el Corte   aunque su madre la había comprado en el rastro del domingo por la mañana.

– Pero igualita, igualita que la del Corte- solía decir la madre del “Chato” cada vez que se la enseñaba a las vecinas del corredor.- Igualita, vaya que sí, que no se sabe distinguir la verdadera de la falsa.

 

Fran no llevaba el pelo como el chato. A Fran le crecía desigual porque la abuela de vez en cuando le metía la tijera por donde podía. Al menos eso decía ella cuando le llegaba el crío de la escuela con el papel de los piojos.

 

–  ¡Eh!Chato ¿Te bajas?- gritó Fran desde la plaza dirigiendo la mirada hacia la terraza de su amigo. Al tiempo, acercaba las manos a su boca formando una especie de cucurucho con ellas a modo de altavoz.

–   ¡Que no tío, que no bajo!- Gritó el chato asomando la cabeza entre bragas y calzoncillos tendidos en la pequeña terraza de la casa.- No ves que a mi “Vieja” le gusta esto de la Navidad; nos vemos luego.

–   Da buti tío- masculló Fran entre  dientes, y se alejó pateando una lata de cerveza olvidada en el trasiego  algún botellón clandestino de la plaza.

 

 En el barrio de Fran no ponían belenes, ni árboles iluminados, ni luces como en el “Centro”. El ayuntamiento tenía aquel lugar en el más serio abandono. A lo más pasaba un barrendero municipal por la mañana para recoger los restos de botellas y brik de vino vacíos que habían quedado esparcidos por cualquier lugar de la plaza, encima de los bancos o alrededor de las saturadas y ya obsoletas papeleras que formaban parte de un desvencijado mobiliario urbano. Y esto ocurría a los tres a  o cuatro días dela Nochebuena. Aveces lo hacían al tiempo de la vuelta de la madre de Fran.

 

Fran se dirigió pateando la lata vacía hasta la boca del metro y al llegar  abajo se coló por debajo de la barra que impide el paso hasta que los viajeros introducen su billete válido y esta se abre con un leve empujón de cadera del usuario. A Fran no le gustaba colarse así solo y porque sí y menos el día de Navidad. Hubiera preferido ir con “el Chato” que es como si fuera de la familia. Porque Fran sabía que esas fiestas eran familiares. El “Chato” le hubiera venido a las mil maravillas. Se hubieran colado a medias, como decía el Chato, con un billete para los dos apretándose el uno contra el otro  como  si fueran uno solo al traspasar la barra. Al menos así hubiera ido tranquilo al pagar uno de los billetes; porque Fran era un tío de lo que en el barrio se llama legal

–   Será cabrón “el Chato”. Pues no le tiene su vieja bien “enganchao”.

 

Y  se le saltaban las lágrimas al pensarlo porque a él le hubiera gustado que su madre fuera como la “Vieja” del “Chato”.La Viejadel Chato era de esas madres que compraban cosas para la cena de Navidad y luego las cocinaba par comerlas toda la familia junta. Se pasaba un mes haciendo la compra para pillar las ofertas “para eso está el frigorífico”, decía. Ella disfrutaba comprando a cada uno lo que le gustaba comer a pesar de que en casa del “Chato eran cuatro hermanos y sobrar, lo que se dice sobrar el dinero, no sobraba. Más bien les faltaba o les llegaba bien justo a fin de mes. Pero la madre del chato siempre decía que era una buena economista.

– ¡Bah, que le den!- pensó Fran sacudiéndose el mechón de flequillo negro y escalonado que le caía sobre la frente.

 

Se recorrió los vagones de arriba abajo cambiándose de coche cada vez que el metro llegaba a una nueva estación. Al llegar  a  Sol se apeó y salio a la superficie por la salida de la calle Mayor, la que queda justo al lado deLa Mallorquina.  Ahíse paró un rato contemplando los pasteles y las tartas que iban a hacer las delicias de algunos transeúntes. Se rascó los bolsillos del pantalón:

–  Ni un puto euro- exclamó malhumorado

 Le pasaba siempre lo mismo cuando se iba al Centro, lo pensaba de repente y no cogía dinero de la cartera de su abuela que la dejaba siempre encima del frigorífico. También podía habérselo pedido a su tía Bel. Ella trabajaba de cajera en el DIA y manejaba algunos cuartos. Pocos decía ella. Bel siempre se quejaba de poco, pero ella decía que al fin y  al cabo era un dinero honrado. Y que  con eso era  con lo que había de vivir ella, no del trapicheo como otros. Cada vez que lo decía Fran sabía que iba por lo de su madre a pesar de que la tía Bel siempre decía otros y no otras. Y le dolía, se le hacía un nudo en el estómago de la rabia que le daba. Pero se tenía que callar porque en el fondo sabía muy bien que la tía Bel  tenía razón.

–   Al menos al “Chato” nadie le echa nada en cara. ¿Con eso de que se ha muerto su padre! No me importaría ser como “el Chato”. Tiene suerte el tío con su gente. Y es que eso es una familia y no la mía. Claro que no se lo puedo decir a la abuela. Se pondría mala de los disgustos que le damos y se acostaría tres días seguidos. Y a  ver qué hacemos sin ella.

 Masticaba Fran sus palabras, despacio, como si del pensamiento a la boca las pusiera de una en una, al igual que los caramelos de menta del abuelo, esos que cuando Fran se los metía de dos en dos hacían que escupiera y devolviera hasta la primera papilla de lo fuertes que eran.

 

En Sol, Fran tuvo que sortear sus pasos entre la gente. No iba a comprarse el pastel, pero desde luego nadie podía impedir que llegara a los aledaños de “El Corte Inglés” para coger un sitio preferente y poder ver la función de “Cortilandia”. De los adornos de las calles de Madrid, de los belenes de algunos rincones y de todas las cosas que engalanaban la ciudad en estas fiestas lo que más le gustaba a Fran era “Cortilandia”. Él pensaba que era lo justo, pues no en vano se anunciaba en la radio, en la tele y en muchos carteles del metro y de las calles de la urbe que ya era Navidad en “El Corte Inglés”. Y eso era por descontado lo que él ansiaba: una verdadera Navidad como la que veía en los anuncios. Una Navidad de esas que tienen padres y madres y Papanoeles y Reyes Magos cargados de juguetes que se cogen directamente empaquetados para ello en “El Corte Inglés”.

 Y es que como Fran decía al “Chato”:

– Si es que te empaquetan hasta el langostino macho. ¡Es una flipada que te cagas!

 

Cortilandia este año representaba un paradisíaco país de ratoncillos que de forma idílica entonaban canciones de Navidad entre ellas el villancico que hace alusión directa a los ensueños que pueden hacer cumplir los conocidos almacenes en tan nobles fechas. Y esto  Fran lo había grabado en su mente. Estaba feliz, mirando escuchando entre la gente el espectáculo  llegándole al pensamiento numerosas ideas para hacer realidad uno de sus sueños: una video consola. En concreto la “Play Statión  III” que ya tenían algunos afortunados compañeros de clase.

–   No voy a fardar ni “na” si aparezco en el cole con la play.

 

Y es que Fran no tenía ni la Play I y eso que el último novio de su madre le había dicho que le iba a conseguir.

– Claro que a ese lo trincó pronto la pasma. Casi no le dio tiempo. Si no ya la tenía.

 

Fran atisbó el bolso de una señora que se parapetaba delante de sus narices y le hacía alargar el cuello como a una jirafa hambrienta ante un gran árbol. Suavemente deslizó sus dedos por la cremallera para poner al descubierto una cartera reluciente y probablemente repleta. Sustrajo la cartera sin problemas y desapareció entre la gente encaminándose deprisa deprisa hacia el metro sin mirar atrás para perderse bajo los túneles que albergan grandes y pequeños sueños.

 

 

 

 

 

 

 

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