relatos guiomar52

Viaje sin luna

 

 

   En el envés de aquella tarde y como era habitual en esa línea, el metro avanzaba lentamente y traqueteante, con un vaivén sonoro perceptible a cualquier oído, de un lado a otro, a veces hacia adelante otras hacia atrás. Un frenazo repentino hacía que toda la masa corpórea alojada en el vagón fuera trasladada hacia el mismo lado, todos al unísono, como si de una única pieza se tratara, obedeciendo  a una  misma orden, entonando  el mismo compás.

 

   A menudo el metro se paraba largos minutos en cada estación: uno, dos, tres si no eran más. Allí sentada, al abrigo del terrible entramado humano, a ella le parecían eternos.

 

   A veces bajaba más gente que la que subía y quedaban huecos-entre-personas como enormes orificios, bolsas de aire para poder respirar un soplo denso, mezcla de perfumes caros, colonias baratas, cuerpos sudados de un día y mil.

 

   Por uno de las oquedades respiratorias pudo observar al hombre de enfrente. Nada más excitante que mirar.  Chaqueta muy ajada, pequeña para su tamaño, un hombre  sudoroso que se pasaba repetidamente un pañuelo arrugado y de color indefinido por la frente. No era un clínex de esos de papel sino un pañuelo de tela anticuado y amarilleado posiblemente por los infinitos lavados de otros tiempos en los que no se libraba el usar y tirar. No, no era un pañuelo desechable. Tal vez fuera eso lo que le llamó la atención, algo inusual en este tiempo, un pañuelo de tela para limpiarse la nariz y enjugarse el resuello acumulado de la vida callejera. Seguramente por eso no  pudo evitar preguntarse:

 

–          ¿Quien será?

Y ella aficionada al diálogo interno continuo:

–          ¿A dónde irá?

Se demandó, toc, toc, se martilleó:

–          ¿Le esperarán?

Sí, le esperarán y quien le esperará eran preguntas habituales que se hacía en cuanto a los seres humanos que la rodeaban. Esos seres que por un instante tenían escenario ante los ojos de su minúscula vida.

 

   Ríos Rosas: trasiego de gentes, asientos libres, algunos corrían a ocuparlos para descansar de una larga jornada, otros buscaban el asiento por inercia o por puro ejercicio de estrategia y agilidad para asaltar el vagón del metro.

 

   Cuatro Caminos: y  ella la mujer de vidas que no son su vida volvió a sus pensamientos recurrentes, a su ensimismamiento, a ese continuo interrogarse sobre el otro o la otra para no ver nada más, para no saber su propia vida. Ligeros martilleos en la cabeza tic, tic, tic, una y otra vez, una y otra vez;  ahí, presentes, sus obsesiones.

 

   Alvarado, tres minutos y un músico extranjero que tocaba la guitarra en el andén, subió. A ella le invadieron los  sueños: conocerlo,  visitar su país, volar, volar muy lejos,  llegar y encontrar sus deseos.

–          ¿Cuáles son mis deseos? Se preguntó.

 

   Ella mujer, soñadora, afanosa y ansiosa de ser distinta, buscadora incansable de irrealidades, de quimeras probablemente inexistentes, a lo mejor ya perdidas. Ella, con su único deseo: ser reconocida. Ella, rechazadora sin saber de todo lo que alimenta.

 

   Ella, Estrecho, su parada.

 

   Se levantó lentamente, sus piernas comenzaron a moverse casi reticentes, adormecidas como si tuvieran una  orden específica y rotunda de hacerlo despacio, sin ganas, sin fuerzas.

Ella, su curva en la espalda con cargas que posiblemente desconociera. Ella, con miedo. Ella, con firmeza figurada ladea la cabeza siempre hacia un mismo lado, inflexible. Ella que dejo atrás al guitarrista y a otros observados y no pensó más en el, ella, abrió sus pasos.

 

  Se abrieron las puertas. Salió su cuerpo solo. Su entonces cuerpo subió por las escaleras mecánicas. Asomó por la boca del metro y un aire frío rozó su cara. Frío.

 

   Llegó al portal, buscó su máscara y fingió no ser quién era, mantuvo una rápida y superficial conversación con la portera, cogió el ascensor y se bajó en el tercer piso. Abrió la puerta. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Ignoraba por qué.

 

   Estrecho, Alvarado, Cuatro Caminos, Ríos Rosas…

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Un comentario sobre “Viaje sin luna

  1. Me ha encantado. Me intriga el trayecto de Cuatro Caminos. Esa “ella”, la mujer de vidas que no son sus vidas, volvió a sus pensamuientos… para no saber su propia vida…
    Por qué huye de ella misma, por qué le da miedo descubrir su vida. Pienso que no es por cobardía, sino porque le falta ese empoderamiento que tiene que conseguir toda mujer moderna. Si lo consigue, se cumplirá su deseo de ser reconocida.

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